Foto: Todos los hermanos vestidos para la Feria de Sevilla.
En Sevilla, en el año 1.954 cuando tenía 13 ó 14 años, mamá quiso que aprendiéramos a bailar flamenco y nos apuntó a unas clases en la Academia de “Enrique El Cojo”, antes de irnos a Venezuela.La Academia de Enrique estaba en una placita de un ensanche de la calle Espíritu Santo, en el barrio de La Macarena. Era costumbre en Sevilla que las niñas aprendieran a bailar bien al menos las sevillanas. Pilar y yo ya las sabíamos bailar pero corrientitas, como cualquier chiquilla de Sevilla y mamá quiso que las bailáramos mejor y con ese “duende” andaluz y ese sentimiento que hay que sacar de dentro cuando se bailan.
El primer día que fuimos a la Academia, me quedé pasmada; aquello era una especie de cuchitri;, entrabas directamente de la calle a una habitación más o menos grandecita, en donde a todo alrededor había sillas y mucha gente sentadas en ellas. Personas de todas las edades. En un rincón dos guitarristas, dos muchachos que tocaban las palmas y “Enrique el cojo”. Cuando vi a Enrique, aún me quedé más pasmada…
Yo esperaba encontrarme con un bailarín alto y espigado como muchos que ya había visto, pero Enrique era todo lo contrario; un hombre bajo, gordo y además, el pobre, cojo de verdad de ahí su sobre nombre. Tenía una pierna 15 centímetros más corta que la otra y calzaba una bota con un alza para estar nivelado, pero cuando andaba su cojera se notaba claramente. Por si fuera poco tenía una cadera más alta que la otra. El pobrecillo había nacido así.
Pensé para mis adentros, ¿Cómo es posible que un hombre con ese gran problema físico pudiese bailar y dar clases?...
Entramos, nos presentamos y nos dijo "¡Ah! Sois las Montoyitas… Sí, a vuestra madre la conozco desde chica, porque es sobrina de Doña Enriqueta Morón, hermana de vuestro abuelo y es vecina mía que, como sabréis, vive aquí en la calle Espíritu Santo. Por cierto es una señora graciosísima, siempre que la veo charlamos un rato y me rio muchísimo con ella… Bueno, pues Enriquetita, vuestra madre, os apuntó a mis clases. Sentaros un ratito y así veis como bailan los demás; id tomando nota que luego empezaré con vosotras".
Y nos sentamos.
De verdad que nunca hubiese imaginado, que una persona tan contrahecha pudiese bailar como ese hombre… Bailando, ¡No se le notaba que fuera cojo!... ¡Y cómo lo hacía! Era asombroso cómo movía los brazos y las manos, con un encanto muy especial. Nunca había visto mover las manos como él lo hacía; con una elegancia y una gracia increíbles.
Así empezaron nuestras clases. Nos ponía de pié y con él delante; primero nos enseñó a mover los brazos y las manos, al fondo el guitarrista tocaba la guitarra, para que aprendiéramos a moverlos al compás de la música. Luego nos fue enseñando los pasos y al final aprendimos con mucho mejor estilo a bailar las cuatro sevillanas.
Recuerdo que luego en casa ensayaba aunque fuese sola. Me gustaba tanto que Enrique me dijo que me comprara unas castañuelas y me enseñó a bailarlas tocando los “palillos”, como él las llamaba. Mamá me compró unas castañuelas de madera de Granadillo, que eran las mejores, y Enrique me enseñó a tocarlas y a bailar tocándolas. Aún las conservo y siempre que las veo me acuerdo de toda aquella época…
Además de las sevillanas, nos enseñó a bailar fandanguillos de Huelva, soleares, farrucas, bulerías, tanguillos, rumbas y alegrías de Cádiz. Me gustaba bailar soleares, porque aunque era un baile serio, al final te arrancabas por bulerías y terminaban con un zapateado estupendo. Y las rumbas o rumbillas de Cádiz, tan graciosas y movidas, donde entraba todo el juego de brazos, hombros, caderas y piernas y donde tenías que sacar tu sangre andaluza con gracia. O las alegrías de Cádiz tan movidas y variadas como su nombre indica, salero y alegría, como el que tiene su gente.
En fin, descubrí mi propio “duende” al poner todo mi interés en aprender. Me entusiasmó desde el primer momento y se me daba bien. Me encantaba bailar.
Tenía gracia porque Enrique hacía sus diferenciaciones. A las que aprendían para ser luego profesionales, les dejaba que sacaran su propio estilo, pero a las señoritas, como él nos llamaba, nos enseñaba de otra forma; no nos permitía gestos con la cara, ni brusquedades ni la más mínima ordinariez en los movimientos, teníamos que movernos con suavidad, pero flamencamente y con elegancia; la espalda recta, la cabeza alta, los brazos y las manos, como él decía “como si estuvieseis cogiendo mariposas volando pero sin romperlas”. “Y con la sonrisa en la cara; tened en cuenta que al bailar hay que hacerlo queriendo a nuestra tierra, hay que sacar del alma nuestros sentimientos que son la alegría y la gracia”.
Llegué a tenerle un gran cariño a Enrique, aprendimos y luego nos fuimos a Venezuela.
Muchos años después volví a verlo. Recuerdo que era una Semana Santa y estábamos en la iglesia de San Bernardo. Ricardo era hermano de esa Hermandad y allí me encontré a Enrique sentado en un banco. Lo reconocí enseguida, perecía mentira pero no había cambiado casi nada.
Me acerqué a saludarlo y él al verme me dijo "¿Montoyita?... ¡Eres Adela!" Le di un abrazo, me preguntó por toda mi familia. Me emocionó verle y que me recordara después de tanto tiempo, ¡Cómo podía acordarse! Me preguntó si había seguido bailando, le dije que por supuesto, en todos los sitios en donde he vivido; en Sevilla, en Madrid, en Caracas, en Irán, en Egipto, en todos lados… me sonrió y me dijo:
- ¡Has ido sevillaneando! ¿Eh?
- Pues sí, Enrique, eso he hecho,. Y me ha gustado hacerlo siempre que he podido.
Al despedirnos me dijo: "Adelilla, no dejes de bailar, eres de las niñas que recuerdo que supo sacar ese “duende” andaluz que llevamos dentro".
Y es cierto, lo llevo dentro, aunque ya no pueda bailar… Pero lo siento dentro, bailando por mí.
Esa Semana Santa no se me olvidará nunca, no solamente por el encuentro de Enrique. Hubo algo que no había visto en otras ocasiones mientras viví en Sevilla y que me emocionó profundamente.
En la madrugada del Viernes Santo, con unos amigos, fuimos siguiendo el Paso de Palio de la Virgen de La Macarena, y en la calle Feria, en la iglesia de San Juan de la Palma, con sus puertas abiertas tenían el Paso de la Virgen de la Amargura mirando a la calle. Yo estaba muy cerquita y vi lo más bonito que hubiera imaginado nunca.
Al llegar La Macarena a la puerta de la iglesia, los costaleros la volvieron de cara a La Amargura; y los costaleros de la Amargura acercaron a su Virgen hacia ella. Y ya cerca la una de la otra las empezaron a mecer mientras tocaban la marcha procesional de La Macarena, las retiraban y las acercaban… Todo muy despacito, les bajaban con suavidad el frente de los pasos, como si se hicieran saludos, las volvían a mecer y así un buen rato…
Yo no me lo podía creer, y exclamaba, ¡Dios mío, qué preciosidad! ¿Cómo siendo de aquí no había visto esto nunca? ¡Nunca he visto nada igual, dos vírgenes saludándose, es una maravilla.
Un señor que estaba a mi lado me dijo:
- "Señora, ¿No lo había visto antes? ¡Cómo no se van a saludar, si son hermanas!"
Me hizo gracia, cualquiera le decía a ese señor que solo había una Virgen María. El señor se me quedó mirando y me dijo:
- "Señora, todas las Vírgenes son preciosas y todas son muy importantes, pero cuando pasa La Macarena por ésta calle, tan cerquita de su casa, que está aquí detrás, ¡cómo no va a salir La Amargura a saludar a su hermana mayor! ¡Lo tiene que hacer, por cariño de hermana y por respeto! ¡Pues no faltaría más!
Y mientras el señor me hablaba emocionado, ya con el saludo de las dos Vírgenes terminado, el paso de La Macarena se volvió para retirarse y marcharse y entonces acercaron un poco más el paso de la Virgen de La Amargura y tocaron su marcha, la de La Amargura, para despedirla. Realmente me emocioné mucho, muchísimo.
Me quedé mirando al señor y le sonreí diciéndole:
- Es verdad, tiene usted toda la razón señor. Le aseguro que esto no lo olvidaré nunca…
Y es cierto, nunca lo he olvidado. Este hombre tenía esas creencias muy fuertemente convencidas y yo no era nadie para discutirle nada...
¡Qué recuerdos tan maravillosos tengo de esa Semana Santa!
¡Qué fantásticos recuerdos tengo de mi Sevilla!
Adela Montoya Morón.
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